Cuán insignificante e incompatible con lo externo es la mente humana... y cuán enrevesada y complicada es la vida... Subidas, vueltas, giros, descensos, sorpresas al atardecer... sus recónditos recovecos, a menudo imperceptibles, acaban inquietando hasta el más agnóstico.
Tanto tiempo de formación, y sin embargo, le basta apenas un segundo para romper los esquemas y desarmar tus fortalezas utópicas que hasta entonces creías imperturbables al paso del tiempo.
Y es que nada persiste en esta vida cambiante. Y es esta fugacidad lo que le da sentido a la misma. Te hace ser consciente del paso del tiempo, del paulatino desaparecer de todo lo que nos ha acompañado, a cualquier parecer, desde siempre y que quizás nunca más volveremos a hallar.
Por desgracia, a veces los cambios son despiadados, aunque la experiencia nos ilustra de que no existe otra opción que reconocertos tal y como son y tal como suceden.
Los objetos que se aglomeran a nuestro alrededor, son testigos silentes de una vida de transformación continua que a veces consigue arrancarnos la lágrima insoluble, totalmente impredecible.
Así es la vida... esa película que te conmueve, esa mirada desde el rincón, la habitación que fue escenario de sonrisas... la ventana entreabierta que te recuerda a alguien... cada detalle, cada gesto contiene una triza de lo que verdaderamente somos, pero también de lo que alguna vez fuimos.
Es la vida misma... tan compleja, tan alegre, tan amarga... y no queda más remedio que convivir con ella...

Manos calientes y cabeza vacía... la vida.
Escrito mientras escuchaba Siete Crisantemos
XiViRiFlÁuTiC!!!!


